Desde mayo de 2019 está disponible la segunda edición de Carao.
Ha dado trabajo hacer un glosario interactivo que facilite la lectura, pero ya está listo y reluciente.
Esta edición es solo en formato digital y, al menos de momento, solo en Amazon.
El cuerpo del texto es básicamente el mismo, pero tiene más información antes y después.
Además, ahora es la tercera parte de la trilogía Memorias de América y la que más se ajusta a esta denominación genérica.
El Pantanal es un mundo diferente. Pero no es un mundo de monstruos, vampiros y magos. Es real.
En los interminables llanos inundados de agua y de sol en el corazón de Suramérica solo podemos imaginar una figura humana: la de un vaquero que acompasa el movimiento con el de su caballo. Este vaquero puede ser Mario, nuestro protagonista, que se enfrenta a los poderes fácticos para defender el Pantanal.
Conservar un área natural de importancia mundial o asfaltarla depende únicamente del mejor postor y de que el dinero llegue a las manos de los de siempre. De paladines del ambientalismo a prohibir la existencia de ONGs conservacionistas en el municipio.
El cooperante español apoya la lucha que, hoy por hoy, se muestra perdida.
Un homenaje al Pantanal y a sus gentes.
«Carao» es el volumen que realmente hace justicia al título genérico «Memorias de América»: refleja la experiencia del autor como cooperante en el Pantanal boliviano durante ocho años. Está contada en tercera persona y el cooperante no es el protagonista principal de la trama.
Solo en Amazon.
El cooperante español apoya la lucha que, hoy por hoy, se muestra perdida.
Un homenaje al Pantanal y a sus gentes.
«Carao» es el volumen que realmente hace justicia al título genérico «Memorias de América»: refleja la experiencia del autor como cooperante en el Pantanal boliviano durante ocho años. Está contada en tercera persona y el cooperante no es el protagonista principal de la trama.
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«¡Carao!
Pantanal» es el fruto de mi experiencia de ocho años como cooperante en
Bolivia. Es un libro asumidamente denso que quiere abarcar todos los aspectos
de un mundo que difícilmente podemos imaginar en España, y que sirven para
enmarcar la aventura a la que se enfrenta el protagonista, el joven vaquero
Mario. Pero, sobre todas las cosas, el texto es un homenaje al Pantanal.
Ser
español en la América ibérica (ahora vivo en Brasil) lleva a plantearse con
frecuencia multitud de dilemas sobre la conquista de las Indias Occidentales,
cuestiones que reflejo en otra aventura, la del montañés Álvar que viaja a
Asunción en 1540. Ese no es un libro denso; está construido casi completamente
por diálogos y admite una lectura ágil u otra más reflexiva, a gusto del
lector. Pueden encontrarlo en este enlace.
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MATOPIBA
Marañón-Tocantins-Piauí-Bahía: el acrónimo Matopiba aparece de vez en cuando en las noticias, y siempre asociado a deforestación, agronegocio brutal, pérdida de biodiversidad, apoderamiento de tierras públicas y de comunidades... asociado a la soja, en resumen.
Allí, a centenares de quilómetros de cualquier capital o ciudad grande, podría desarrollarse «¡Carao! Pantanal»; grandes empresarios que destruyen la naturaleza y e imponen sus leyes, que ahora se dictan más con fusiles que con revólveres. Con garitas de guardas armados y violentos en las antaño tierras comunales. Con el desacato de los dictámenes de una justicia federal que está muy lejos y que, aun más con el nuevo gobierno, no pone mucho énfasis (siendo generoso) en la protección de naturaleza ni de pobres.
Aquí pueden leer el artículo (no lo he encontrado en español). La noticia es de esta semana, de este mundo, es real, no es ficción.
Me parece ver a Mario cruzando las fronteras de esos cuatro estados a lomos de su caballo y tarareando la canción del carao...
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PROTAGONISTA DE «¡CARAO! PANTANAL»: DIANA
La llamaremos Diana porque no conocemos su nombre verdadero.
Tampoco sabemos mucho de su vida antes de pasar a llamarse Diana. Que vivía en
su poblado en el borde sur del Pantanal. Que hacía los trabajos duros de la
casa que su madre le encomendaba y cuando tenía tiempo jugaba con sus amigas.
Que hasta el momento no había tenido que pensar mucho en el futuro, o no había
querido.
Cuando cambia de nombre cambia también su vida;
todo su mundo desaparece y lo sustituye otro que parece no tener salida. Un
mundo constituido por dolor, gritos, opresión. Esclavitud. Del que realmente
parece que no hay escapatoria.
______________________________________________________________________
Para poder hablar en privado con mis compañeros del
Pantanal paraguayo establecimos una clave basada en la guía de aves que más
utilizábamos:
─Vamos a «Águila harpía» ─por ejemplo─, cambio.
─Vamos, cambio.
Así pude enterarme de que un boliviano se dirigía
al pueblo paraguayo a hacer efectiva la compra de una niña de doce años. Mis
compañeros intervinieron, lo denunciaron al comandante y este mandó arrestar al
extranjero. Después mis compañeros tuvieron que aguantar amenazas y denuncias
de todo tipo. Un buen día el boliviano abandonó el pueblo, sin dinero.
Para mí fue motivo de preocupación por mis amigos
que se encontraban en una situación difícil en aquel lugar al que solo llega un
barco dos veces por semana. Cuando llega.
Y después uno puede tener que responder a
preguntas: ¿es lícito inmiscuirse en las costumbres de los indígenas? ¿La venta
de niñas es realmente una tradición, o es algo traído por el contacto con una
sociedad diferente? ¿Puede uno cerrar los ojos y simplemente contarlo después como una anécdota más? ¿Debe intervenir, aun sabiendo que le
puede ir la vida en ello?
Mi respuesta es que en este caso no tengo duda de
que se debía hacer algo, al mismo tiempo que continúo sintiendo una gran
admiración por el valor de mis compañeros que decidieron que no podían permitir
la esclavitud de una niña, aunque eso les costase caro. Y no habría nadie para
echarles una mano. Allí, donde Cristo dio las tres voces.
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LA REINA
Era uno de nuestros recorridos «estrella»: salíamos en la
lancha con motor fuera-borda por la mañana temprano; recorríamos la inmensa
laguna boliviana y el canal que aparece en el río Paraguay frente a Corumbá ─la
«Ciudad blanca»─, ya en territorio brasileño; hacíamos setenta quilómetros sin
prisas, explorando los afluentes estrechos, parando a comer en la orilla y
calculando para llegar a cenar al restaurante y hotel de pescadores cercano al
camino elevado que atraviesa el Pantanal: la «estrada-parque».
Los animales que no estaban en el río, estaban en el
camino, dependiendo de la altura del agua, que varía unos cuantos metros a lo
largo del año. Caimanes, anacondas, ciervos de los pantanos, ñandús, nutrias
gigantes, capibaras, iguanas, monos, papagayos, aves acuáticas de todo tipo…
Así que al segundo día, después de desayunar, alquilábamos el camión panorámico del hotel para recorrer el camino elevado tras cruzar en la balsa los
quinientos metros de anchura del río.
En esa ocasión no recuerdo si eran unas turistas
israelíes, u holandesas, aparte del conductor del camión, mi alumno local en
prácticas y unas profesoras brasileñas que pidieron que las lleváramos hasta
unos quilómetros más allá.
En mitad del camino, las turistas necesitaron usar el
baño detrás de unos arbustos.
Un minuto después volvían gritando y corriendo mientras
se subían los pantalones. Antes de poder pensar si se habían encontrado con una
cascabel, o con una yararaca o una coral, llegaron hasta nosotros y, con ellas,
un enjambre de «abejas africanas».
A partir de ese momento se desarrolló una escena digna de
un «maniquí», una de esas grabaciones en las que todo el mundo se queda quieto
como estaba mientras pasa la cámara. Intenté espantarles las abejas a las
turistas, con lo que en seguida me vi cubierto de ellas y corriendo de un lado
a otro haciendo aspavientos y gritando que me ayudaran. Eran abejas africanas,
y cientos de ellas. Ya había oído hablar de gente muerta por esos insectos.
El conductor, mi alumno y las profesoras, mientras tanto,
en plan «maniquí». Diciendo que nos quedáramos quietos. Saqué algo de ropa y se
la puse a las turistas por encima, me tapé también y, solo cuando el conductor
llegó al volante a diez centímetros por hora, salimos de allí. Iban todos los
locales sin un aguijón, y las turistas y yo con la cara cada vez más hinchada.
A eso me refiero con que todo lo que pasa, todo lo que se
dice en «¡Carao! Pantanal» alguien lo dijo, o le ocurrió a alguien. Para que
nadie tenga que leer que hay cientos de víboras que atacan juntas en grupos
familiares, o tucanes asesinos como salidos de alguna película de Hitchcock.
(La foto de la niña la tomé de un reportaje sobre el Dakar
de hace un par de años; no sé quién es, ni cómo se llama, pero se parece mucho
a Diana).
¡Carao!
Pantanal, pág. 286:
Diana
se ha quedado muy quieta. Más de treinta abejas se han posado sobre su cara,
brazos y piernas, y ella no ha movido un músculo salvo los que cierran los
párpados. Uno tras otro, los insectos se han alejado sin clavar su aguijón, y tras unos minutos se atreve
a abrir los ojos de nuevo. Las abejas están aún excitadas. Solo el largo cabello
negro de la niña se mueve, agitado por la brisa, hasta que todos los insectos vuelven
a su nido entre las rocas.
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