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AGRADECIMIENTOS (4)

La ventaja del blog, a la hora de los agradecimientos, es que esta sección puede ser infinita.

Y hoy voy con la realización del libro en sí. No con los sucesos que lo provocaron, sino con la forma final del manuscrito (que nunca fue estrictamente un manuscrito).


Y aquí tengo que agradecer especialmente a mis padres, que leyeron algunas de las primeras versiones y me animaron a continuar intentando publicarlo, y a mi hermano Arturo y mi cuñada Chon, que me dieron las claves de las mejorías: «No se entiende nada. ¿Quién es quién? Tienes que hablar más de esto y menos de lo otro. Esa parte no hay quien la lea». Bueno, no fue así tan cruda la cosa, pero me sirvió para mejorar (creo que bastante) el original.


Así que lo dicho: muchas gracias por ayudarme a dejar el libro algo más presentable.

AGRADECIMIENTOS (2)

Ayer veía en el vídeo de presentación de «Aquí Bahía» de J. M. Valderrama (libro que se desarrolla en la misma área que «¡Carao! Pantanal» y cuya lectura recomiendo) que el autor decía algo así como: «Yo quería que viniera alguien». Él estaba más aislado que yo. Sin embargo, yo también sentía esa necesidad de recibir compatriotas voluntarios o compañeros de trabajo; sobre todo al principio, antes de que el flujo de turistas fuese más o menos continuo. A veces, créanme, realmente lo necesitaba.

Por suerte, fue una época de hacer muchas amistades con tantos voluntarios como pasaron por allí y con los compañeros que trabajaban en otras sedes, con los que solía coincidir en la estación «de paso» de Warnes, cerca de Santa Cruz de la Sierra. A todos ellos tengo que agradecer la compañía, la ayuda, el trabajo que hicieron… Fueron unos cuantos años y no me siento capaz de recordar el nombre de todos los voluntarios, pero sí me acuerdo con mucha gratitud de aquellos con los que mantuve un cierto contacto después de su vuelta a España, principalmente Jorge Lozano, Aurelio Malo, Iñaki Abella y Jesús Delgado. De todos ellos, además, aprendí mucho.

Pero hoy quiero dedicar unas palabras a dos compañeros a los que, por su larga permanencia por aquellos pagos, les debo mucho: Antonio Castro e Iñaki Liceaga.

«Estoico» es el adjetivo que me viene a la mente cuando pienso en Antonio Castro. No estoy seguro de que sea el más acertado, por lo que daré unas muestras y que cada cual decida si era esa la palabra adecuada. La primera me la dio al poco tiempo de llegar: fuimos a los pantanos y, para variar, nos atascamos, lo que solía significar una o dos horas de bregar con el barro, el sol y los mosquitos. Pues no dijo ni «mu». Ni «¡Qué calor!», ni «¡Cuánto mosquito!», ni «Ya estoy hasta los mismísimos de cavar y empujar el coche». Nada. Siguió bienhumorado y a lo suyo: a cavar, a empujar, a meter palos bajo las ruedas, a espantarse los mosquitos, a secarse el sudor. Compañero de ajedrez, de intercambiar libros, de viajes, de charlas por la radio. El día que la deslizadora amaneció hundida por el oleaje de los «empujes» (y supongo que a los turistas les pareció que no era un medio de transporte muy fiable), quien se sumergió en aquel punto dragado hasta unos metros de profundidad para soltar el motor en un lugar en el que abundan los caimanes y las pirañas fue él. Y sin rechistar. Pasó años en Bahía Negra, aprendió a hablar guaraní, tuvo sus más y sus menos con un comprador de niñas indígenas… En fin, un tipo que sin perder la tranquilidad ni el buen humor se adaptaba a todo, se enfrentaba a cualquier cosa. Con perseverancia. Fue una compañía impagable y un lujo tenerlo como compañero.

«Estoico» no es el adjetivo que me viene a la mente cuando pienso en Iñaki Liceaga. Tampoco «callado». Creo que no hay un adjetivo que englobe una mente rápida, un carácter fuerte y afable, una gran cultura, una capacidad didáctica increíble y un aguante sin límites. Esto último es por aguantarme a mí. Y es que yo a veces no llevaba nada bien preparar toda la tarde una intervención en la radio y que, cuando le daba la noticia a Iñaki, así de pronto, me soltara un chorro de ideas mucho mejores que las mías; así que le decía que no se preocupase, que ya lo había pensado, me iba a la oficina, tachaba lo que había escrito y lo cambiaba por su parrafada. Y encima se parecía a George Clooney y se llevaba de calle a las peladas más bonitas de la zona. Insufrible. Pero le cogí cariño, pese a todo, y cuando tuvo que irse a otro lugar no es que me pasase las noches llorando, pero casi.

Esta entrada se llama Agradecimientos (2). Pues eso: gracias, Antonio; gracias, Iñaki. Y como dicen por allá: «Van a disculpar cualquier cosa».

AGRADECIMIENTOS (1)

Supongo que al libro le faltan muchas cosas; entre ellas están los agradecimientos. Hay una página de mecenas, a quienes debo la publicación, aunque en la lista falta el / la principal (insiste en el anonimato). Bien, para ellos -vosotros- van mis primeros agradecimientos, y muy cálidos.

Sin embargo, todo esto viene de bastante atrás, de cuando escribí a Sevilla (una carta, nada de correos electrónicos aún) y poco después me llamaron y me metieron en un avión para no se sabía cuánto tiempo ni para dónde exactamente.

Por orden cronológico y de peso en mi destino ultramarino tengo que comenzar por Manuel Español, que fue un jefe muy duro al principio, muy duro después de unos años y bastante duro hacia el final. Suficientemente duro como para controlar a todos los que andábamos repartidos por unos cientos de miles de kilómetros cuadrados y nos encontrábamos de pronto siendo casi autoridades, codeándonos con prefectos, directores de ONGs y Parques Nacionales, con coroneles y presidentes de comités variados, considerados ricos, con instalaciones, vehículos y personal a nuestro cargo; suficiente como para que a más de uno se le fuese la olla si no tuviese un jefe ante quien responder por radio tres veces por día. Y que no dejaba pasar una. Aun así creo (de oídas, no conocí a ninguno así) que alguno se dejó llevar y pasó más tiempo paseando peladas que trabajando.

La dureza de Manuel como jefe no me ocultó, una vez que lo conocí, que se trata de una magnífica persona. Eso sí, muy tenaz.

Continuando con el orden cronológico y decisivo, inmediatamente después de Manuel viene Javier Heredia. Para mí se convirtió rápidamente en “Indy” y creo que nunca dejará de serlo. Fue decisivo para mí en varios aspectos. Por ejemplo, tuve que ir para allá a mediados de diciembre para sustituirle en Puerto, y así pasé mi primera Navidad fuera de casa. Y con un calor asfixiante. Y con mosquitos. Y sin uvas ni campanadas.

Otro aspecto en el que influyó Indy en mi destino fue en que me hizo dar muchas vueltas: que vete para otro lado que ya vuelvo, que vuelve que aquí estoy amenazado de muerte, que te dejo aquí a mi mayor enemigo para que te joda siempre que pueda… Pero, oye, por Indy lo que sea. Le besaría si no fuese porque soy muy machito. J

Y bueno, no pude seguirle la estela… Poco a poco la gente de allá se fue percatando de que no todos los españoles somos ubicuos, incansables, arrolladores y además guapetones y simpáticos.


Y que conste que todo esto lo digo a pesar de que si me hubiese vuelto a pedir dinero para largase con una garota y dejarme tirado en Brasil hasta que consiguiese volver a Puerto por mis medios, no estaría ahora celebrando el nacimiento de su hija, sino más bien trabajando en algún harén como eunuco. Y la noche había comenzado bien, con Indy contando chistes durante más de una hora y los brasileños preguntándose de qué se ríen tanto esos dos ahí de pie en mitad de la calle.

AGRADECIMIENTOS (3)

Hasta ahora había hablado de expatriados. Pero mi vida en el Pantanal no habría sido la misma sin la amistad de lo que se suele llamar el “personal local”, aunque en mi caso no era tan local.
De nuevo busco adjetivos; esta vez para Danilo Camberos. Me vienen a la mente «alto», «inteligente», «paceño», «comprometido», «educado»… Creo que este último es el que más me cuadra con Danilo: la educación personificada. Educado en el sentido de formado y en el sentido de respetuoso, amable, servicial… Y hablando de educación, Danilo siempre insistió, con mucho acierto, en la importancia de la educación (a la que se dedica) para la conservación.
A veces tenía que ir a verle por alguna razón del trabajo en el que cooperábamos, sobre todo por su habilidad y conocimientos de la informática, pero otras veces iba solo por el placer de charlar con él y saber qué pensaba de un asunto o de otro. Generalmente se mezclaban las dos cosas. Danilo supuso, durante varios años, un apoyo inestimable en todos los sentidos. Cuando las cosas estaban feas siempre estuvo ahí, donde le necesitaba. Aún hoy cuenta con toda mi admiración.
Además, me enseñó a preparar una salsa de piña para la carne que hacía furor todas las navidades cuando volvía a España.

A Claudio Zambrana me daba miedo ir a verle. Yo siempre andaba con la agenda llena de cosas para hacer, y pasar por la casa de Claudio significaba un mínimo de una hora de charla y, más habitualmente, unas tres horas en las que le escuchaba sin cansarme. No sé si mi admiración por él tuvo límites en algún momento; me parece que no. Claudio representaba a otra organización ambientalista y desde que nos conocimos fuimos «compañeros de armas». En «¡Carao! Pantanal» aparece en un par de pasajes, entre ellos:
«(…) concuerda el amigo cochabambino, cuya principal característica es ser un luchador tenaz en cualquier causa que ataña a la justicia social, y que es persona muy respetada en Puerto. El cooperante está en deuda con ese respeto que su amigo se ha ganado: en una ocasión en que este lo invitó a dar una charla sobre medio ambiente y desarrollo en una comunidad apartada, un viejo enemigo de la asociación, junto con unos cuantos matones que encontró por allí, le preparó una encerrona al español; cuando el cooperante se dirigía al todo-terreno vio que había cuatro o cinco personas apoyadas en él, y entre ellas el mismo de siempre; «Hombre, mi amigo, y parece que ha fumado más cocaína que de costumbre», pensó el español, y adivinó en seguida cuáles serían sus aviesas intenciones; pidió a su amigo cochabambino que lo acompañara hasta el coche, quien con una sola frase: «Dejate de tus huevadas, che, este es mi invitado», consiguió que el español pudiera salir camino de su casa en lugar de camino del hospital.
[…] El cooperante disfruta siempre de las peripecias que le cuenta su amigo valluno, quien, para poder hablar con conocimiento de causa, trabajó en las minas, entró como recolector de algodón en una de las haciendas en las que aún se usa mano de obra esclava, incluso hizo que lo encarcelaran para conocer las condiciones de vida de los presos, llegó a ser un importante líder sindical así como hombre de confianza de un obispo también batallador y estuvo señalado varias veces como objetivo de sicarios de potentados diversos, ya que no solo observaba las injusticias sino que promovía algaradas y rebeliones en aquellos tiempos en que las denuncias contra esos potentados no servían de nada. Ahora, el español observa los gestos reposados, los lentes colgando del cuello de su amigo con una goma y, en aparente discordancia, los hombros y brazos masivos, las manos grandes y surcadas de cicatrices de quien ha trabajado largo tiempo en labores que demandan un gran esfuerzo físico».
De Carlos de la Fuente, el uruguayo, me acuerdo por su inteligencia viva y su labia. Además, me gustaban su acento y sus ironías. Pasé muy buenos ratos con él y le tengo en mucha estima. La idea de llamar Macondo al pueblo en el que se desarrolla parte de la acción del libro vino de él, aunque en aquella época no pensaba aún en escribir.
Así, mis principales amistades entre el personal local fueron con personas que no eran del lugar. A Danilo, Claudio y Carlos podría añadir al capitán cochabambino que llevaba las relaciones del ejército con la comunidad y al argentino, Luis Marcus, que fue el primer director del Área Protegida.
¿Y los porteños? Pues eso mismo me pregunto yo. No sé. Las autoridades locales nunca fueron santos de mi devoción, ni yo de la suya, y lo mismo me pasaba con los estancieros y con los curas (estos eran austríacos). La gente del pueblo tenía todo mi respeto, pero tal vez mi relación con ellos era diferente: no encontraba en ellos esa visión de conservación / desarrollo, de la sostenibilidad...

Resumiendo: el apoyo que recibía de mis amigos del pueblo incluso cuando las cosas venían mal dadas merece todo mi agradecimiento ahora y siempre.